sábado, 17 de septiembre de 2016

Después de la muerte de un mexicano.

Cualquiera creería que lo más doloroso de la muerte es perder a un ser querido.
No.

Cuando el cuerpo deja de funcionar todo el mundo está allí. Miles de mensajes y llamadas comienzan a llegar desde el amigo o el familiar más cercano hasta los impensables conocidos que una vez tuvimos la dicha de ver en los andares de la vida.
Llaman, dicen "lo siento", "mis condolencias", "ya está en un mejor lugar" (la gente dice muchas cosas), la gente asiste al velorio, te abraza, te dice "llora", otros dicen "no llores", "todo va a estar mejor", asisten a la misa. Callan y escuchan nuevamente a una persona que dice "ya está con Dios". 
Ven el cuerpo desfallecido, con labios secos, con un maquillaje que no puede ocultar la decadencia.
Lloran unos minutos, unas horas, quizás algunos días.
Salen, te abrazan, asisten al entierro o llevan las cenizas a donde corresponde.
Luego llegas a casa, probablemente haya quien vaya a visitarte, te dicen "estoy para ti". Luego, pasan 9 días donde la casa se llena de gente, te vuelven a abrazar, tratan de consolarte, de hacer que olvides...

No.

La peor parte es cuando termina el ritual. 
Cuando tienes que "rehacer tu vida". Cuando llegas a casa y ya no te recibe. Cuando las pláticas se tornan incómodas porque no saben si quieres hablar del tema o no, porque cuando intentas hablar de ello aparece el nudo en tu garganta y debes tragarte tus palabras.
Porque ya no te puedes concentrar, porque tienes que seguir, porque el mundo no se detiene a esperarte 6 meses a pasar un duelo de los más dolorosos.
Lo peor es decir su nombre, llamarle y que no responda.
Los sueños;
Los arrepentimientos;
El "hubiera";
"Habría sido";
"Hubiera podido";
"Aún tenía mucho por dar";
....

Lo peor no es que se vayan, es que nos quedamos a lidiar con la muerte, esperando y sabiendo que algún día será nuestro turno.

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